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Actualidad investigativa


A un africano desconocido

Revista Migrante Edición No. 1
Septiembre 2008

Escrito por: Juan Carlos Bejarano
Fuente: El pais.com


Amigo Africano,

Nunca te he hablado. Ni siquiera te he dicho un simple hola. No sé tu nombre pero he creído verte en el metro de Valencia y en el de Madrid. También te he visto en la Plaza Mayor vender bolsos imitación de los grandes diseñadores. En la Gran Vía he observado como vendes copias de Cds y DVDs. A veces te he visto deambular las calles sin nada que vender y con rostro de hambre y cansancio.

La semana pasada me pareció verte en el metro de la Linea A en Roma. Antes de bajarte en la Estación Ottaviano trataste de venderme un muñeco de peluche para mi hijo. A lo mejor no eras el mismo que vi en Madrid, quizás era tu primo Edmund con el que te criaste en Tambacounda.

Pensándolo bien no eras la misma persona que había visto en España. Tal vez tu triste mirada, llena de miedo e incertidumbre la vi replicada en el vendedor africano en Roma. También noté que tanto en España como en Italia muchos te miraban de la misma manera; con desprecio. Algunos se cambiaban de sitio para alejarse lo mas que pudieran de ti. Tu aspecto de persona que duerme en la calle y que no tiene mas ropa que la que lleva puesta les produce “asco”.

Amigo africano, esos que te miran con displicencia ignoran o quieren ignorar que tu mirada es solo el reflejo del profundo dolor que llevas en el alma. Saliste con tu primo Edmund, tu esposa Hanriette y tu pequeño hijo Oscar de tu amada Tambacounda. Los cuatro atravesaron toda Senegal hasta llegar a Dakar. Ahí tuvieron que esperar dos semanas hasta que el propietario de un artesanal bote de madera al que los españoles llaman “cayuco” ofreció llevarte hasta las Islas Canarias, tu entrada a Europa.

Partiste en pleno verano con la seguridad que el clima les ayudaría. Atrás dejabas tu tierra, viajabas lleno de ilusiones, estabas harto de no conseguir trabajo y de no tener que darle a tu hijo. Sabias que podías morir en la mitad del océano, pero sus aguas estaban tan tranquilas que estabas seguro de que llegarías a tu destino sin ningún problema.

En cinco días estarías en Tenerife y comenzarías con tu familia una nueva vida. Pero el destino te hizo una mala jugada. Una tormenta sacó a tu esposa y a tu hijo del cayuco. No fueron los únicos, otros 15 compañeros de viaje dejaron sus vidas y sus sueños en la mitad del mar. Quisiste salvar a tu esposa y a tu hijo, pero no pudiste hacer nada. Si te tirabas al mar probablemente morirías también.

Tu viaje duró siete días. Deshidratado y con hipotermia viste como el cayuco se acercaba a la playa de Adeje. A cien metros de la orilla te tocó lanzarte al agua. Con las ultimas fuerzas que tenías lograste llegar a la orilla. Tuviste suerte, otros cinco compañeros de viaje murieron en esos pocos metros de agua. La policía no llegó a tiempo para detenerte. La esquiva suerte “te acompañó”.

Te has atravesado toda España en busca de un sitio en donde puedas rehacer tu vida y ganar algo de dinero para sobrevivir y para ayudar a tus padres y a tus diez hermanos que aun viven en Tambacounda, pero en todas las ciudades o pueblos por los que has pasado solo has recibido rechazos y humillaciones. Has aprendido a correr más rápido. Las incesantes persecuciones de los agentes de la policía te han convertido en un veloz inmigrante.

Te rechazan por ser lo que los locales llaman “un inmigrante ilegal”. Te has preguntado muchas veces cómo puede ser un ser humano ilegal. Tal vez sea ilegal tu permanencia en el país, pero no tu existencia.

Te soy sincero amigo africano. Creo que no te rechazan por ser “un inmigrante indocumentado”. Te marginan porque tu oscuro color les da miedo. Yo también soy inmigrante y aunque de vez en cuando me ignoran, no lo hacen con el mismo grado de desprecio que te muestran a ti.

Mantienes la esperanza de que en algún lugar alguien te dará una oportunidad de trabajar dignamente. Tal vez lo consigas. Algunos locales tienen conciencia social y pueda que se compadezcan de tu condición. O quizás termines muriendo de inanición en un banquillo de un parque.

Amigo africano me duele ver el drama de tus compatriotas que siguen llegando en miles, casi sin vida a los puertos de las Islas Canarias o italianas para luego ser deportados. Me duele leer las historias de todos aquellos que murieron en el intento, encontrando en el mar su tumba.

Tus amigos africanos no dejaran de intentarlo, aun conscientes de que pueden morir tratando de llegar a Europa. Pero en tu rica tierra solo hay pobreza para la mayoría. Que mas da morir intentando llegar a otra tierra que morir de hambre en tu propio suelo.

Amigo africano, yo también soy inmigrante pero mi batalla es fácil comparada con la tuya. La próxima vez que te vea en el metro en España o en Italia te sonreiré, te hablaré y te invitaré a comer. Tal vez aliviarte el hambre por un día no sea suficiente, pero si todos hiciéramos lo mismo y dejáramos de pretender que no existes, tu vida y la de muchos africanos más dejaría de ser un infierno en la tierra que anhelabas sería tu paraíso.


Última modificación: 17 Junio de 2013


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